noviembre 28, 2009 in Programas by provocador

Veo que mi cruzada contra Carlos De los Cobos es en vano. Ya se reunieron con él para renovarle el contrato y todo está encaminado. Incluso le permitieron que se quedara en México cantando en un programa de TV junto a su hija. Igual, eso no va a hacer que yo calle mi voz ni que deje de protestar.
El fútbol es un espectáculo paradójico. Por una parte está el gran show, el despliegue técnico y la maravilla de los cracks. Lamentablemente lo que se recuerda son los resultados, que se construyen a base de goles.
El fenómeno de Carlos de Los Cobos y la Selecta puede interpretase sin duda como producto de este espectáculo, pero en su versión moral. Es decir, sin resultados. El equipo nacional es el opio para un pueblo urgido de esperanzas. En el fútbol, como en la vida, no puede vivirse de esperanzas. Por más genuinas y nobles que sean, no dejan de ser aire. Con el señor De los Cobos compramos más libras de esperanza, más galones de ilusión, más metros de fe… Aunque siempre nos faltarán cinco para el peso.
Somos los campeones morales. Si no hubiera sido por los penales que no nos cobraron contra TyT, si no hubiera sido por los nervios de Juan José Gómez contra USA, si no hubiera sido por el gol que fallamos ante Costa Rica en San José, si no hubiera sido por el error defensivo en Puerto España, si no hubiera sido por que el árbitro dio un minuto demás en el juego contra los gringos, si no hubiera sido por el gol en contra de Marvin González en el Azteca… Si no hubiera sido por todo eso, El Salvador no sólo hubiese clasificado al Mundial, sino que lo habría hecho como primero de la Concacaf. No nos engañemos.
Si el fútbol fuera un deporte donde la pasión hiciera equipos ganadores, Argentina debería de ser un tren de títulos y no es así. ¿Por qué lo digo? En ese país la gente venera a los futbolistas, Maradona tiene una religión, se ora y hacen caravanas por los equipos. Y sin embargo, la selección argentina no pasa de cuartos de final desde hace casi veinte años. Algo parecido sucede con Inglaterra. Acá sólo falta la iglesia de De los Cobos, porque al hombre por poco ya lo canonizan.
El balompié no es un deporte que apela a las formas, a la belleza de la pasión. Por más que se parezca, no es una religión. La fe, la embriaguez de esperanzas, la conmovedora entrega a un fin, no alcanzan. Al fútbol no le importa que se desangren rodillas, solo cuentan los goles, y en eso El Salvador está en la calle, como dicen aquí. Disculpen que hable como salvadoreño, pero entre idas y vueltas llevo veinte años viniendo al país, así que me siento parte de él, aunque a algunos no les guste. Después de España, mi equipo favorito es la azul.
Quiero aclararles algo. Ser aficionado de la Selecta no me ha dado ninguna satisfacción, sólo broncas y dolores de cabeza. La última, por cierto, fue el fracaso de la selección de fútbol playa en Dubai. Antes de partir, algunas hablaban de que iba a pelear por el título, y resulta que tras perder los tres partidos (uno de ellos dilapidando una ventaja de cuatro goles) ahora son héroes. No, no son héroes. Son buenos muchachos, deportistas que se esfuerzan, excelentes pescadores, grandes padres de familia, pero perdedores de alma. Lamentablemente, la historia la escriben los que ganan. Al resto se los consume el olvido.